Hallado un nuevo Teutoburgo

•diciembre 21, 2008 • Dejar un comentario

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Arqueólogos alemanes han anunciado el descubrimiento del escenario de una desconocida batalla entre romanos y tribus germanas en la localidad de Northeim. En la zona, situada a unos 200 Km al suroeste de berlin, se han encontrado cerca de 600 restos de armas y utensilios militares romanos y germanos. Al hecho en sí, muy destacado en sí mismo pues supone un magnifico campo de estudio de las técnicas bélicas de ambos bandos, hay que añadir dos aspectos que lo convierten el algo único: el hecho de que los restos estén practicamente vírgenes de intervenciones desde que se produjera la batalla y otro aún más importante: que la batalla se produjera en el siglo III d.c, cuando no se tenían notícias de que el imperio mantuviera una gran estructura militar operativa (legiones de carácter ofensivo) en una zona lejana del limes (frontera) romana marcada con barro, sangre y humillación desde la derrota de Varo ante el caudillo Armínio en la época de Augusto, en la célebre batalla de Teutoburgo.

 En teutoburgo, las tácticas de guerrilla que Arminió utilizó, así como su conocimiento del ejército romano, le permitieron tender una trampa mortal a las tres legiones que comandaba Quintilio Varo. Este ejército estaba encargado de mantener alejadas a las tribus germanas de las zonas vitales de la frontera romana. Varo, un discutido político romano amigo de Augusto, vió la posibilidad de asestar un duro golpe a sus enemigos represaliando la zona y de esta forma, asegurarse un triunfo en Roma como los grandes generales. En unos pocos días, el cuello de botella que suponía el entonces frondoso bosque de Teutoburgo, supuso que las ordenadas legiones romanas tuvieran que luchar al estilo guerrillero, con un terrible resultado, pues no volvieron más que pequeños grupos aislados de más de 13ooo soldados. Augusto, ya un anciano, al ser informado de la notícia, se paseaba desesperado por los pasillos del palatino dándose golpes en la cabeza y gritando: ! Varo, devuélveme mis legiones!!!. El golpe propinado por Armínio fue brutal y durante varios meses la posibilidad real de una invasión a la Galia e incluso Italia estuvo en el aire. Pero los ejércitos germanos no estaban organizados para ello y no entendieron que en aquel momento,  y por la decisión de Augusto de reducir los efectivos después de las guerras civiles, no había más ejércitos entre ellos y Roma.

El enfrentamiento de Teutoburgo supuso el fin de la vieja aspiración de Augusto de avanzar la frontera romana desde el rio Rin hasta el Elba, creando así un colchón de seguridad ante la tan temida invasión de diversas tribus bárbaras  y romanizando la zona. El hecho en sí ha sido estudiado en multiples foros y se considera uno de los elementos principales para especular sobre la posterior caía del imperio y el futuro mapa de Europa, con unas tribus germanas cada vez más fuertes y decididas.

Pero hemos de distinguir claramente ambos acontecimientos, pues los serparan más de 200 años. De confirmarse las fechas indicadas por los arqueólogos, deberiamos rediseñar el mapa europeo del siglo III, una época oscura y poco conocida por la ausencia de escritos y de grandes escritores que nos narraran lo sucedido. En teoría, y salvando las lógicas lagunas históricas, en aquella época el imperio romano no contaba ya con una infraestructura militar importante en una zona tan norteña y las sucesivas invasiones bárbaras habían provocado un repliegue general en Germania, la zona del Danubio y el norte de Rumanía y Hungría.

Podría en fin dar un poco de luz a un tema tan discutido y contradictorio como la caida del imperio romano.

El secreto de los oráculos, de Phillip Vandenberg

•octubre 28, 2008 • Dejar un comentario

La constante búsqueda del hombre de algún indicio que le permita escapar de su inevitable destino mortal ha provocado grandísimos males desde el alba de los tiempos. El miedo a la propia desaparición física y el propio hecho de haber generado una autoconsciencia evolutiva, juntos crearon un concepto que solamente puede ser asociado al ser humano: la religión. Todas ellas, y las hay de muy diverso calado, han buceado en ese vasto y oscuro océano de desconocimiento, ofreciendo soluciones diferentes que sirvieran para calmar esa desazón innata.

Pero todas ellas tienen un punto en común en mayor o menor medida: el control social. La organización de la sociedad ha ido avanzado mucho desde el paleolítico, pero siempre han existido elementos sociales superiores y inferiores. Los primeros ejercían de jefes o cabecillas de un grupo y esta posición les ha permitido siempre aprovecharse de los inferiores para mejorar su propio nivel de vida. Evidentemente, los superiores siempre tenían un mejor acceso al alimento, por lo que estaban mejor  nutridos y adaptados para mejorar, y el control sobre los otros también introducía un elemento cultural, asociado generalmente al chamán o brujo (la religión). Este elemento legitimaba la propia preeminencia del caudillo/s y es por ello que éste cuidaba mucho de que el chamán pudiera disponer del elemento sobrenatural del grupo a su antojo.

Estos axiomas valen tanto para la religión católica actual (con sus obligados preceptos y ritos que deben ser cuidadosamente respetados para alcanzar la otra vida, o sea control social) o para las religiones de la antigüedad clásica. Ellos disponían de unas instituciones curiosas para guiarse por ese mundo paralelo que prácticamente se mantuvieron intactas durante siglos: los oráculos.

En el caso de grecia, los más famosos fueron: Delfos, Dídimo, Cumas (en la Italia griega) o Siwa (en Egipto). En ellos una sacerdotisa o pitia permitía interpretar la voluntad de los dioses por un presente o regalo (bien camuflado). Ella estaba acompañada por una variedad de sacerdotes que regulaban y controlaban la enorme afluencia de personas que deseaban saber algo más de su futuro.

El libro de Vandenberg (arqueológo y excelente divulgador y novelista) permite entender desde todos los ángulos el fabuloso negocio que supusieron los oráculos y de qué manera se articulaba el negocio, pues era necesaria una enorme dosis de talento para que el tinglado se mantuviera en pie tantos años. Es un libro absolutamente recomendable y una lectura imprescindible para los más escépticos sobre cualquier tema. Además, está adornado con multitud de anécdotas ocurridas a los más famosos personajes de la antigüedad que fueron a consultar como cualquier particular (pero con más dinero) a los oráculos  más prestigiosos del momento. Todo ello también se completa con la descripción del enorme control social que suponían estos centros religiosos para aquellas sociedades ávidas de respuestas para el mundo. Este poder, hábilmente gestionado, permitía una identificación del caudillo de turno con su entorno social que asistia embobado a ello. Pese a ello, los griegos cultos fueron a su vez muy incrédulos con sus propios dioses, lo que todavía le otorga una pátina de actualidad muy sugestiva.

 

Un historiador con mayúsculas : Tito Livio

•octubre 5, 2008 • Dejar un comentario

Desde que el hombre es hombre una de sus obsesiones ha sido dejar constancia de su paso por el mundo. Ese es el motivo de que, desde el principio de sus días, buscara la forma más adecuada para dotar ese mensaje a sus descendientes de un formato sólido más o menos permanente que permitiera  entregar para la posteridad aquellos actos, batallas o acontecimientos que consideraban debian ser conocidos por las generaciones venideras. Normalmente de forma oral, la transmisión de ese conocimiento le aseguraba una cierta inmortalidad.  Éste fue el germen del oficio de historiador, incluso cuando ni siquiera ellos mismos sabían que lo eran.

Probablemente el hombre que creó el género tal y como ha sido trasmitido hasta nuestros días fue Heródoto. El de Halicarnaso deseó por encima de todo que no desaparecieran para la posteridad todos aquellos hechos y conocimientos  del ser humano que era necesario que permanecieran de algún modo. Por ello plasmó por escrito y de forma voraz todo aquello que pudo averiguar en sus múltiples viajes por el mundo conocido, creando un archivo de vivencias, costumbres, hechos y suposiciones que le hicieron valer el sobrenombre de “Padre de la Historia”.

Recogiendo el testigo del genial griego, Tito Livio dotó a ese arte de una pátina de entretenimiento lúdico, sin perder el rigor de un profesional, que le ha permitido ser recordado como uno de los mejores en su género y fuente obligada para el buceo en el pasado desde su redescubrimiento en el renacimiento. Nació en Padua en el año 59 a.c, una época de fuertes tensiones sociales. Su mayor logro, y que le supuso un enorme esfuerzo personal, fue la obra “Ad Urbe Condita libri”, -historia desde la fundación de Roma-, en 142 libros , que suponia una monumental historia de la ciudad de las siete colinas desde sus inicios hasta la muerte de Druso (9 a.c). De todos éstos, sólo han sobrevivido al abismo de siglos 35 de ellos, junto con los Epitomes o resúmenes de sus obras (de época bizantina), que han permitido alabar el estilo claro, conciso y apasionante de sus escritos y la búsqueda del máximo rigor histórico (con los medios de que disponía). Para ello destripó todas las obras de los mejores narradores de historias de la antiguedad (Polibio, Posidonio de Rodas, Antípatro, etc), buscando siempre la fuente más fiel o cercana a los hechos que narraba y insertanto comentarios críticos cuanto algo no le acababa de cuadrar.

Gracias a su curiosidad y empeño no se ha perdido en el tiempo tanta riqueza cultural y historiográfica. Nunca podremos estar en deuda del todo con gente como Livio, pues de no existir nuestro conocimiento del pasado sería fragmentario y incompleto, y sería una enorme pérdida.

Leerlo es una maravilla contínua. Os emplazo a ello.

“Rubicon, Auge y Caida de la Republica” de Tom Holland

•septiembre 20, 2008 • Dejar un comentario

Excelente ensayo del eminente catedrático inglés Tom Holland, que ha reinventado el ensayo de los últimos años con sus acertadísimas combinaciones de erudicción y entretenimiento. El libro que nos ocupa es un clarísimo ejemplo de lo que indico: El autor describe de forma amena y curiosa la vida en los últimos años de la Roma republicana. No solo se ciñe a descripciones sucintas de los hechos, sino que hace navegar a nuestra imaginacion, trasdalándola de un modo creíble a esos difíciles años, dotanto de vida propia a los más importantes actores del drama que se desarrolló tras el paso de Julio César por el Rubicón. Podemos conocer un poco mejor a gente como: Cicerón, Catón el Viejo, Pompeyo, Craso, Bruto, a muchos senadores y particulares más o menos significativos, y por supuesto a Julio César.

El verdadero logro de la obra es similar al conseguido por la laureada serie de TV HBO “Roma”. Por un rato consiguen hacernos creer que es posible abrir una pequeña ventana temporal entre tantos siglos y asistir como espectadores a un drama social, personal y histórico con raices trágicas puramente shakespearianas

Todo un lujo. Atención al resto de obras del autor, que desgranaremos más adelante.

 

La Tabula Peuntingeriana

•septiembre 15, 2008 • Dejar un comentario

En los tiempos que vivimos, tecnológicamente saturados de información, los retos aventureros se están encaminando por nuevas veredas: las enfermedades, el cambio climático, la contaminación del mar, y en definitiva todos los males que nos aflijen hoy en día necesitan de nuevos aventureros en miniatura, que no pequeños, pues su labor detectivesca se ciñe a pequeñas cosas: nuevos genes, bacterias e incluso fórmulas químicas variadas (para crear nuevas fuentes de energía, de agua o para usos farmacéuticos o industriales),  que a a su vez luego se convertirán en enormes descubrimientos para la sociedad en su conjunto (o para unos pocos si nos ceñimos al primer mundo): vacunas, combustibles o pesticidas respetuosos con el medio ambiente

En el siglo IV la cosa era muy diferente: Los retos a descubrir eran enormes. La sociedad romana había puesto las bases para un mundo que ya era muy distinto del precedente. Para sus ciudadanos, Roma era la luz, y lo que había fuera de ellas era un mundo hostil y bárbaro envuelto en sombras y niebla. Sus ciudades y sobre todo sus calzadas permitían dotar al cuerpo que formaba casi todo el mundo conocido hasta entonces de unas venas por las que trasnscurría la sangre del imperio en forma de bienes, cultura y modo de vida. Desde el punto de vista geográfico, el Mediterráneo supuso una via de comunicación más, pues en vez de alejar, acercó al centro las diversas periferias de que constaba el estado.

Hoy disponemos de GPS, satélites y mapas dotados de una arrogante perfección que desdibuja la emoción del primer descubrimient, pues permite pocas alegrias al aventurero. En cambio, en aquella época de niebla de guerra, donde los caminos eran eternas lineas que se perdían en el horizonte, cualquier expedición (comercial o militar) era una incógnita en sí misma que pedía ser desvelada.

Todavía hoy nos podemos hacer una idea de la ardua tarea del geógrafo antiguo. En Viena se conserva un manuscrito medieval del siglo XIII, que desdoblado, supone el más antiguo mapa de carreteras del mundo. El copista amanuense, desconocido, buscó ser lo más respetuoso posible con un original que debemos remontar al siglo IV d.c (dado que aparece Constantinopla). Es un rollo de pergamino con unas medidas de aprox. 0,34 m de alto y 6,75 m de largo, que fue dividido en 12 segmentos. El primero de ellos, que pertenecería a Hispania (España y Portugal) y la parte oeste de las Islas Británicas, ha desaparecido. Se conservan las 11 hojas restantes. En el mapa adjunto (ver foto), se acentúa la diferencia con el color blanco y negro. Es un mapa extrano a ojos de un moderno lector: el mundo conocido aparece alargado de este a oeste de forma exagerada y comprimido hasta el extremo en su vector norte-sur. Las diferentes ciudades se señalan en cada una de las calzadas que comunicaban el imperio. Aparecen muchísimas ciudades, cuyo emplazamiento todavía hoy en día es un misterio.

El modo de usar el mapa era muy sencillo. El viajero sólo tenía que seguir la calzada que estuviera pisando y una a una irían apareciento las ciudades o asentamientos señalados. Además, cada pliegue de la carretera era una mansio, o lugar de descanso en la ruta. Con todo ello sólo era necesario seguir las lineas para alcanzar su destino.

Abrid la imagen y comprobáreis lo que supone viajar hace más de dieciséis siglos.

No olvidéis hacer fotos, por favor.

El auténtico rostro de Julio César

•agosto 31, 2008 • Dejar un comentario

Arqueólogos franceses han efectuado en fechas recientes un importante descubrimiento en el lecho del Ródano a su paso por Arles. En concreto han aparecido varias restos de estatuaria romana que comprenden diversos periodos y abarcan desde finales de la república hasta finales del siglo III.

Entre ellas y como una aparición fantasmal, ha emergido el busto de uno de los personajes históricos más conocidos, ensalzados y emulados por dictadores y salvadores de patrias varios: Julio César. Existen aproximadamente una veintena de bustos y estatuas del político y militar romano conservados milagrosamente hasta nuestros dias, pero el que nos ocupa tiene la importante particularidad de que fue esculpido en vida de César, por lo que es el rostro más cercano al que realmente pudo tener en vida nuestro personaje. A esto hemos de añadir que en la época que vivió césar (finales del siglo I a.c) la tendencia escultórica dominante era hiperrealista -en contraposición al estilo idealizante posterior-, por lo que ya nos podemos hacer realmente una idea de cómo era el rostro del hombre que rompió con la tradición republicana romana y sentó las bases del sistema de gobierno autocrático de los futuros emperadores.

El rostro cuadra con la idea que tenemos de él,  transmitida principalmente por las descripciones de los  clásicos: mirada penetrante y inteligente, nariz prominente, pose autoritaria no exenta de un punto de ironía y de crueldad, incipiente calvície, carácter indomable y personalidad de granito. Fue un estratega político y militar de primer orden, aunque rompió las reglas de su sociedad en un claro beneficio propio, provocando una guerra civil que desgarró su pais, su ciudad y sus conciudadanos y que, al mismo tiempo, sembró los cimientos de una nueva sociedad con reglas nuevas que perduró mucho más que lo que el mismo llegó a soñar.

El sello de Octavio Augusto en una cruz de Oviedo

•agosto 29, 2008 • Dejar un comentario

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Recientemente he repasado algunas noticias arqueológicas, que  por su rareza y extravagancia merecieron hace tiempo mi atención. Una de ellas relata una investigación realizada por un arquitecto gallego acerca de los camafeos y entalles que adornan la llamada cruz de los Angeles, un crucifijo de madera, oro y piedras semipreciosas que se custodia en la catedral de Oviedo. Según la tradición la cruz fue encargada y realizada por el rey Alfonso II el Casto en el siglo IX (en el año 808, grabado en la propia cruz).

Su teoria se basa en el estudio de los camafeos que adornan el reverso de la reliquia, y en concreto en uno de ellos (ver foto superior), que comprende una imagen del signo zodiacal de Capricornio con cola de tritón y con dos elementos en cada mano: una esfera universal y un cetro o signo de poder. La investigación realizada ha tenido en cuenta el hecho de que según toda la historiografia clásica éste era el símbolo que utilizó Cayo Octavio, más tarde llamado César Augusto, y sólo él, que fue el considerado primer emperador romano y vencedor de las guerras civiles que comenzaron con Julio César y su paso del Rubicón.

De ser cierta esta teoría, también apoyada en una rebuscada explicación del significado de las letras que aparecen grabadas en el camafeo, Alfonso II buscó identificar su figura de principe con la tradición clásica (Augusto era oficialmente sólo un princeps, o primer ciudadano, aunque en realidad ejerciera un poder absoluto y total sobre el gobierno del imperio), engarzando un tesoro romano que debía conservarse en Lugo (Lucus Augusti). Lo extraordinario del asunto, de demostrarse la teoría, es el elevadísimo valor histórico que podría alcanzar sólo el camafeo indicado, pues es probable que fuera utilizado por el mismo Augusto en el período que estuvo en Hispania por motivo de las guerras cántabras, aunque es posible que el mismo fuera utilizado por un legado imperial que de esta forma diera carácter oficial a las instrucciones recibidas desde Roma.

El conjunto de sellos y camafeos podría ser un tesoro romano de primer orden y vinculado al astuto primer emperador de Roma, creador de un sistema de gobierno en el que se inspiraron todos sus sucesores y que, bajo una falsa apariencia de vuelta al orden Republicano, supuso en realidad una dictardura de corte populista, que sellaría el destino del imperio romano al recaer el poder en años sucesivos en gente no dotada de su imaginación y inteligencia.